Algunas veces las redes sociales me parecen más bien enredaderas donde se pierde la presencia, la atención y la lucidez de la gente. Todo el tiempo vemos personas con las miradas perdidas en las pantallas de sus dispositivos móviles. Abundan los paisajes trágicos de personas desencontradas: niños que juegan solos en el parque mientras sus padres revisan sus aparaticos, vecinos que no se saludan porque entran al ascensor mirando sus celulares, parejas que se ignoran acostadas en la misma cama para atender el Twitter, personas que interrumpen cada acto de la vida para tomarse selfies con una sonrisa elaborada, una mirada novelesca y un smartphone que parece una de esas mascotas que se le meten a uno por todas partes.

Por eso quiero hablarles hoy de las redes sociales. O mejor dicho, de la forma en que nos estamos enredando con ellas convirtiéndolas en enredaderas sociales. Y está bien hacer la distinción, porque las redes sociales suponen un tremendo avance de la humanidad, una oportunidad para despertar y construir un mundo más integrado y albergan un inmenso potencial de transformación. Pero cuando las volvemos enredaderas con nuestra insospechada capacidad de transformar las oportunidades en desastres, entonces nos debilitan, nos narcotizan, nos enceguecen, nos empequeñecen, nos aíslan y nos arrebatan la vida.

Quiero que se haga tres preguntas honestas: ¿utiliza el Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram u otras redes sociales, con más frecuencia y por más tiempo del que le gustaría y del que realmente necesita? ¿Ha sentido alguna vez que le ha quitado tiempo significativo a sus relaciones, su trabajo y las actividades que los llenan?¿Ha tratado de reducir su uso y ha fallado en el intento? Estas tres preguntas apuntan a que usted se de cuenta de si tiene algún grado de adicción a las redes sociales, es decir, si las está convirtiendo en enredaderas.

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Aceptémoslo, con las redes sociales muchos hemos cruzado esa delgada línea donde el usuario se vuelve un esclavo, donde el encuentro se vuelve evasión, y donde el habito se vuelve adicción. Somos proclives a la socialización superficial, fóbicos del contacto auténtico, amantes de las palmaditas en la espalda y el reconocimiento vacío, evasores del conflicto, detractores del cuerpo, constructores de fachadas, verdugos de la presencia, habitantes de la inercia e idólatras de los reality, y eso nos hace adictivos de las redes.

Pero miremos algunas estadísticas: en la actualidad se estima que hay más de dos mil millones de usuarios activos de redes sociales, es decir, cerca del 30% de la población terrestre. Estudios recientes han arrojado que aproximadamente 350 millones de usuarios de redes sociales sufre de adicción al Facebook, especialmente usuarios entre los 16 y los 35 años. De ellos 68% manifiesta revisar sus redes sociales al menos 10 veces al día.

¿Y qué es lo que realmente hace ese 68% en esas 10 revisiones? ¿Cuánto tiempo se le va en lecturas estériles, en montar fotos que ya no valen la pena, en expresiones que no le importan a nadie, en campañas que no transforman nada, en opiniones que se diluyen como el eco en el aire? ¿Cuánta felicidad, cuánta gratificación, cuánto crecimiento hay después de las 10 revisiones del día?.

 

CITA

Un artículo del New York Times titulado “Tabletas y teléfonos para todo el mundo, menos para los hijos de Steve Jobs” muestra que los mismos inventores de los dispositivos móviles y las redes sociales son tan conscientes de su poder adictivo, que muchos se los prohíben o regulan estrictamente a sus hijos. Los hijos de Steve Jobs, en sus propias palabras, ni siquiera tenían  iPad, y sus horas de utilización del computador eran estrictamente reguladas.

¿Por qué no nos damos cuenta del serio problema de salud pública que supone la adicción masiva a las redes sociales? Porque sencillamente la adicción a las redes sociales tiene una aceptación social absoluta, porque exalta algunos valores centrales de nuestra religión capitalista: la búsqueda de estatus, la exaltación de la imagen, la construcción de una marca, la objetivación de las personas, la masificación, la estadística, el facilismo y la superficialidad.

Pero no nos equivoquemos, los adictos a las redes sociales son tan compulsivos como los fumadores, tan distraídos como los que frecuentan la mariguana, tan engañados como los que alteran sus cabezas con pases de perico. Si pudiéramos sumar el tiempo de soledad de las familias, de las parejas, de los hijos y de los talentos abandonados por la adicción a las redes sociales, superaría por mucho el de las que fueron abandonadas por el licor o las drogas.

Algunos se preguntarán: ¿Si la adicción a las redes sociales no daña los pulmones, no corroe el cerebro, ni da cirrosis, ni hay que pagarla con dinero, entonces cuál es su costo? Muy simple, la adicción a las redes sociales se roba nuestros dos bienes más preciados: el tiempo y la atención. Y por eso a la larga deteriora el resto de nuestras vidas: genera sufrimiento, nos empequeñece ante nosotros mismos, deteriora nuestras relaciones, debilita nuestra voluntad, nos quita libertad personal, nos enceguecen y nos separan.

Por eso quiero proponerle que les ponga un límite. No las lleve a todas partes, sáquelas de sus dispositivos móviles. Experimente semanas enteras sin revisar ninguna de las redes a las que pertenece. Observe cómo es su vida sin las constantes distracciones. Solo regrese a ellas cuando supere el síndrome de abstinencia.

Después pregúntese para qué las quiere. Póngase reglas para usarlas. Exíjase días enteros sin ellas. Destiérrelas de todos los momentos importantes para usted, para que no se distraiga, para que esté presente, para que mire, para que escuche, para que toque, para que sienta, para que intuya, para que cuando le llegue la muerte, no le toque suplicarle por otra vida preciosa que reemplace esta que botó mirando los pixeles de una pantalla de plasma y leyendo las tristes tonterías que pone la gente enferma de soledad.

 

Una película

 

 

Película del 2013, dirigida por Spike Jonze y protagonizada por Joaquin Phoenix, que desde una interesante analogía explora nuestra relación con los nuevos medios. Theodore Twombly, se enamora de un sistema operativo, que suple sus necesidades reales de compañía, afecto y sexo.

Un documental

En El poder de las redes sociales, el estudioso español Eduar Punset conversa con James Fowler, experto en redes sociales de la Universidad de California, sobre cómo las redes crean un mundo pequeño.

Un texto

En el artículo de The New York Times, titulado “Tabletas y teléfonos para todo el mundo, menos para los hijos de Steve Jobs”, el periodista Nick Bilton, cuenta su sorpresa cuando Jobs le respondió que en casa limitaban el acceso de sus hijos a los dispositivos tecnológicos.