El histórico jugador también fue cercano a los presidentes de la ola de la izquierda de Latinoamérica: Evo Morales, Hugo Chávez, Nicolás Maduro y el régimen de los Castro en Cuba.

La última vez que él posó junto a uno de los mandatarios fue en enero de este año cuando se encontró con Maduro en Venezuela, un viaje que tuvo el único objetivo de darle apoyo político en medio de la crisis por la que pasa el régimen.

“Estamos peleando contra el más grande del mundo, hasta la victoria siempre”, dijo el deportista, mientras apretaba la mano del presidente venezolano, quien es señalado de perpetuar crímenes de lesa humanidad durante su administración en el Palacio de Miraflores.

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“Venceremos como el Che Guevara”, le respondió el mandatario. Ese día él le dijo que lo veía rejuvenecido y, entre risas, el futbolista aseguró que era el deporte que lo tenía así. Se dieron el feliz año y también su último adiós porque el jugador de la mano de Dios falleció a los 60 años sin poderse reencontrar con su pana chavista.

La historia de Maradona y la política empezó en sus reuniones con Fidel Castro, en La Habana. Cuando comenzaba a convertirse en un astro del deporte, el mundo conoció su postura cuando viajó a la isla a verse con el mandatario.

“Hay un pensamiento muy particular en Diego Armando que lo llevó a mantenerse cercano a ellos. Se identificó con ideología y su activismo llevó a que este tema contrastara con su fútbol”, recuerda el historiador del deporte, Orlando Palma.

De ahí que en el 2000, cuando emprendió uno de los tratamientos para contrarrestar su adicción a las drogas, se internó en La Habana para recibir atención de los médicos cubanos.

Como él, con los años, Hugo Chávez, Evo Morales y la familia de la expresidenta y ahora vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández, también asistieron a la isla para curar sus percances de salud.

De los Castro se acercó a Morales, Chávez y Maduro, también posó junto a la exsenadora colombiana Piedad Córdoba y a otros líderes de la izquierda Latinoamericana.

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Chávez, el expresidente de Venezuela, era un hombre del béisbol. Jugaba a la pelota caliente en los estadios, asistía a los principales partidos y hasta cargaba la pequeña bola en sus programas de “Aló presidente”. Y Maradona lo acercó al fútbol.

Le decía “comandante”, con respeto, como los chavistas de Venezuela. En 2005 tomaron un tren de Buenos Aires a Mar de Plata, era un día lluvioso, conversaron del Gobierno de George Bush en Estados Unidos y hablaron también con Fidel de una premisa que Maradona tenía como bandera: “no vamos a dejar que se apoderen de nuestros países”.

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La amistad duró hasta su muerte. En abril de 2013 visitó sus restos en Caracas y esa cercanía con el Socialismo del Siglo XXI la siguió con la administración de Maduro. Fue fiel, incluso, cuando un el opositor Juan Guaidó se proclamó como presidente interino de Venezuela. “Sinvergüenza”, le dijo a Guaidó.

Lo mismo sucedió en noviembre de 2019 cuando Evo Morales se retiró al Ejecutivo de Bolivia después de que las Fuerzas Armadas le pidieran la renuncia tras conocerse un presunto fraude electoral que denunció la Organización de Estados Americanos.

“Lamento el golpe de estado orquestado en Bolivia. Sobre todo por el pueblo boliviano, y por Evo Morales, una buena persona que trabajó siempre por los más humildes”, le defendió.

Este miércoles Morales lo despidió llamándole el “gran amigo de las causas justas”. En Argentina el presidente Alberto Fernández decretó tres días de duelo nacional por su muerte, este 25 de noviembre de un 2020 en pandemia.

Hace cuatro años, este mismo día, Maradona despidió a su guía Fidel Castro y hoy, en un año convulso, llega el momento del adiós a Diego Armando Maradona, el amigo de los presidentes de izquierda.